Un día en mi cole: cómo los niños inventan su futuro

A veces no hacen falta semanas para que algo sea intenso. A veces, una hora y media es suficiente para que una clase se transforme. Eso fue exactamente lo que viví en mi colegio, junto a mi mejor amiga Cristina y mi profe Ángeles, con un grupo de quinto de Primaria.


Empezamos de la forma más honesta que conocíamos: contándoles nuestra historia. A través del storytelling, les hablamos de nuestra propia experiencia: cómo vivimos los últimos años de Primaria, el salto al instituto y lo que significa llegar a la universidad sin tenerlo todo claro. 

Yo les hablé de Magisterio, de por qué quise ser maestro. Cristina les abrió la puerta al mundo de la Publicidad y la creación de marca, donde las ideas se convierten en mensajes capaces de conectar con las personas. Y fue justo ahí donde decidimos mezclar nuestros caminos: mostrarles cómo la educación y la comunicación pueden unirse para crear algo único.


Les explicamos qué es un slogan, les enseñamos ejemplos reales y les hicimos una pregunta sencilla: "Si tuvierais algo que vender al mundo... ¿qué sería?" 

A partir de ahí, lanzamos el reto: cada uno debía crear su propia marca, decidir qué quería ofrecer, inventar un nombre y escribir una frase que hiciera que cualquiera quisiera comprar ese producto. No les dimos soluciones. Solo el reto, una cuartilla en blanco y un tiempo límite.

Fue entonces cuando la clase en convirtió en algo muy parecido a un hackatón: una maratón creativa en miniatura. Cada mesa se transformó en un pequeño equipo de ideas. Se preguntaban entre ellos, se levantaban para compartir, probaban frases, las tachaban, volvían a empezar. Nosotros solo guiábamos, animábamos y marcábamos los tiempos, pero eran ellos quienes tomaban las decisiones.

Y gracias a Ángeles, llegó el último giro de la actividad: llevar sus slogans al inglés. No como una obligación, sino como un reto más dentro de esa experiencia colectiva. Cristina y yo les ayudábamos, pero eran ellos quienes se atrevían a probar, viendo que podían hacerlo sin miedo.


Mientras les miraba, pensé en algo muy simple: esto es aprender de verdad. No repetir. No memorizar. Crear. Equivocarse. Volver a intentarlo. 

Aquella hora y media no fue solo un taller. Fue un ejercicio de confianza, en ellos y en nosotros. Fue ver cómo la creatividad y la colaboración pueden surgir cuando se da libertad y acompañamiento en el proceso.

Y desde mi sitio, al otro lado del aula, entendí algo que ya llevaba tiempo sintiendo: quiero dedicar mi vida a crear espacios donde las ideas tengan sitio y donde los niños se sientan capaces de inventar su propio futuro.

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